Durante años, las marcas buscaron entrar en nuestra casa. Primero como producto, después como hábito y, más recientemente, a través de las pantallas que nos acompañan durante buena parte del día. Ahora, en algunos casos, el recorrido empieza a invertirse: son las marcas las que abren una casa y nos invitan a entrar.
En el barrio de Núñez, Hellmann’s tomó un inmueble de varias plantas y lo convirtió en un recorrido por su propio universo. Hay sectores vinculados con la gastronomía, actividades, entretenimiento y un sistema mediante el cual las compras permiten acceder a experiencias y acumular puntos.
Lo interesante no es solamente lo que sucede adentro. Una marca de consumo masivo decidió dejar de ocupar por unos segundos una tanda publicitaria, una pantalla o una góndola para ocupar una dirección completa dentro de la ciudad.
La diferencia parece sutil, pero es importante. En una campaña convencional, el inmueble funciona como soporte de un mensaje. En estas propuestas, el lugar se convierte en parte del mensaje: la distribución, la circulación, la iluminación y las actividades expresan aquello que la marca quiere representar.
En el caso de Hellmann’s, la elección de una casa no es arbitraria. La marca está vinculada con la comida cotidiana, la cocina y los encuentros alrededor de una mesa. La tipología del inmueble permite trasladar esas asociaciones a una experiencia concreta.
Esta lógica ya puede observarse en categorías diferentes. Casa Spotify Buenos Aires es un espacio para artistas, productores, podcasters y seguidores. Cuenta con estudio de podcast, salas de escucha y sectores para presentaciones acústicas, y se consolidó como un punto de encuentro para la comunidad musical.
Spotify podría organizar esas actividades en hoteles, auditorios o estudios alquilados. Sin embargo, al concentrarlas en un lugar propio, crea una dirección reconocible, acumula historias y transforma una plataforma digital en un punto de encuentro físico.
Samsung House también desarrolló una casona de Palermo para mostrar teléfonos, televisores y electrodomésticos como partes de una vivienda conectada. El espacio está integrado a la red de Samsung Experience Stores. Aunque su función comercial evolucionó, la elección original de una casa permitió presentar la tecnología en el contexto cotidiano en el que iba a utilizarse.
A escala internacional, Netflix llevó el concepto más lejos. Sus primeras Netflix House funcionan dentro de centros comerciales de Dallas y Filadelfia, en superficies de más de 9.000 metros cuadrados. Allí, los visitantes pueden atravesar experiencias inspiradas en sus series, participar de juegos, comer, comprar productos y asistir a proyecciones. No son intervenciones de pocos días, sino destinos permanentes. Una tercera sede está prevista para Las Vegas en 2027.
Los cuatro casos responden a industrias y escalas diferentes. Una marca de alimentos convierte una casa en experiencia; una plataforma de audio crea un centro cultural; una compañía tecnológica utiliza una vivienda para demostrar cómo se integran sus productos; y una empresa de streaming permite que el público ingrese físicamente en sus historias.
Lo que comparten es una decisión previa: antes de preguntarse qué campaña hacer, se preguntaron qué lugar podría representar mejor a la marca.
Para el mercado inmobiliario, esta evolución abre una demanda distinta de la que generan una tienda, una oficina o un salón para eventos. Las marcas empiezan a buscar propiedades que no sólo resuelvan una necesidad operativa, sino que también tengan capacidad narrativa.
Una casa antigua, un edificio industrial o un local con varias plantas pueden adquirir un nuevo atractivo si permiten construir un recorrido, crear ambientes diferentes y recibir actividades que cambian con el tiempo. Características que en otra operación serían una dificultad —una distribución poco convencional, un patio interno o una arquitectura con personalidad— pueden convertirse en parte del valor.
Eso no significa que cualquier inmueble llamativo sirva. Cuanto menos se parece a un comercio tradicional, más singular puede resultar para el visitante, pero también más compleja puede ser su operación.
Una vivienda no fue necesariamente diseñada para recibir grupos numerosos, ofrecer gastronomía, montar estructuras temporales o sostener una programación continua. Puede requerir adecuaciones de accesibilidad, evacuación, instalaciones eléctricas, conectividad, aislamiento acústico, sanitarios y seguridad. La circulación cómoda para una familia puede no serlo para cientos de visitantes.
La ubicación también se analiza de otra manera. Una tienda suele priorizar la exposición, el flujo peatonal y la cercanía con la demanda. Una experiencia necesita ser accesible y fácil de encontrar, pero no siempre depende de la esquina más transitada. Cuando ofrece una razón suficiente para viajar, puede funcionar como destino.
En esos casos, el barrio, la arquitectura y la relación con el entorno adquieren más peso. No comunica lo mismo una casa en una zona residencial, un edificio recuperado en un distrito creativo o una gran superficie dentro de un centro comercial.
También importa la duración. No es lo mismo ocupar una propiedad durante un fin de semana, siete meses o de manera permanente. Cuanto más extensa es la propuesta, mayor es la necesidad de equilibrar identidad y flexibilidad.
Los ambientes deben admitir cambios de contenido, mobiliario y recorrido sin requerir una obra completa en cada oportunidad. Lo permanente no debería ser necesariamente la escenografía, sino la capacidad del inmueble para transformarse.
Los contratos también requieren otra mirada. Deben contemplar quién realiza y conserva las mejoras, qué instalaciones pueden modificarse, cómo se restituye la propiedad y qué sucede con las inversiones al finalizar la experiencia. En una ocupación temporal, el período de adaptación puede representar una parte considerable del plazo total.
No todo pop-up ni todo evento corporativo constituye, por lo tanto, un lugar de marca. La diferencia no pasa solamente por la duración, sino por la intención. Un evento utiliza una propiedad para comunicar algo durante un período determinado. Estas propuestas buscan construir una relación más sostenida, generar comunidad y convertirse en una referencia a la que las personas puedan regresar.
Esa continuidad también modifica la forma de evaluar el resultado. Además de las ventas o la cantidad de asistentes, importan el tiempo de permanencia, la recurrencia, las actividades que sostiene el lugar y los contenidos que nacen dentro de él. El inmueble deja de ser un costo logístico de la campaña y empieza a funcionar como un activo de comunicación.
No todas las empresas necesitarán abrir una casa ni todas las experiencias justificarán una dirección permanente. Pero estos casos muestran que, incluso para marcas consolidadas en entornos digitales, la presencia física puede cumplir una función que las pantallas no reemplazan: permitir que las personas habiten, aunque sea por un rato, aquello que la marca promete.
El próximo local de una marca quizás no se parezca a un local. Puede ser una casa, una cocina, un estudio, un club o un lugar de encuentro. Lo importante no será cuántos productos entren en sus metros cuadrados, sino cuántas razones encuentre la gente para querer entrar.
Cuando la experiencia de marca ocupa un lugar propio
Belen Espindola • 9/2/2026
Hellmann’s House, Casa Spotify y otras experiencias muestran cómo las marcas empiezan a convertir inmuebles completos en espacios de encuentro. Una tendencia que crea nuevas oportunidades, pero también nuevas exigencias para el real estate comercial.
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