Esa discusión redefinió reglas, expectativas y, sobre todo, el rol de la oficina como espacio físico. Pero hoy empieza a mostrar cierto agotamiento. No porque esté resuelta, sino porque ya no explica del todo cómo se organiza el trabajo ni por qué las personas eligen —o no— estar presentes.
Con el trabajo remoto estancado y los esquemas híbridos sin mucha más expansión, la flexibilidad dejó de crecer por el lado del espacio. Sin embargo, la necesidad de flexibilidad sigue intacta. Lo que cambió es la variable que entra en juego.
De a poco, el foco empieza a correrse del lugar al tiempo
La jornada laboral tradicional hace rato que dejó de ser nítida. El 9 a 5 se fue desdibujando a medida que la tecnología estiró el día hacia ambos extremos. Mensajes temprano, mails tarde, reuniones que se acomodan como se puede. El resultado es conocido: más horas disponibles y menos límites claros.
Frente a ese escenario, muchas personas no están renegociando dónde trabajan, sino cuándo. Ajustan horarios, adelantan tareas, concentran el trabajo en momentos de mayor energía y se corren cuando el rendimiento cae. Aparecen así formas de “microshifting”: pequeños movimientos en la agenda que permiten ordenar el día sin cambiar el esquema general. No es una revolución, pero sí una respuesta concreta a jornadas cada vez más extensas.
Este comportamiento retoma una lógica que se consolidó a partir de 2020: armar el trabajo alrededor de la vida, y no al revés. Pero no todos acceden a esa flexibilidad de la misma manera. Los esquemas híbridos siguen concentrándose en roles más senior, lo que deja en evidencia que la autonomía todavía funciona, en muchos casos, como un beneficio que se gana con el tiempo.
Mientras tanto, los números se estabilizan. En distintos mercados, el trabajo híbrido dejó de crecer y el remoto se mantiene en porcentajes similares desde hace varios años. El “dónde” parece haber llegado a un punto de meseta.
Y ahí aparece otra pregunta, especialmente relevante al pensar los espacios de trabajo: si las personas solo van a la oficina cuando tiene sentido hacerlo, ¿qué les estamos ofreciendo para que quieran ir?
Porque hoy la oficina ya no compite solo con la casa. Compite con el tiempo de las personas. Si estar presente implica traslados, horas y atención, el espacio tiene que devolver valor. Foco, intercambio, colaboración real. Experiencias que justifiquen la decisión.
Cuando el “dónde” deja de ser el centro de la conversación, el “cuándo” pasa a ocupar ese lugar. Y en ese corrimiento se redefine el rol del espacio de trabajo: menos como obligación, más como elección. La pregunta, entonces, no es solo dónde trabajamos, sino qué hace que valga la pena estar ahí.
En Cushman & Wakefield acompañamos a las organizaciones en el rediseño de sus espacios de trabajo, entendiendo que hoy el valor no está solo en el lugar, sino en la experiencia que ese espacio ofrece y en el tiempo que ayuda a optimizar.
Con el trabajo remoto estancado y los esquemas híbridos sin mucha más expansión, la flexibilidad dejó de crecer por el lado del espacio. Sin embargo, la necesidad de flexibilidad sigue intacta. Lo que cambió es la variable que entra en juego.
De a poco, el foco empieza a correrse del lugar al tiempo
La jornada laboral tradicional hace rato que dejó de ser nítida. El 9 a 5 se fue desdibujando a medida que la tecnología estiró el día hacia ambos extremos. Mensajes temprano, mails tarde, reuniones que se acomodan como se puede. El resultado es conocido: más horas disponibles y menos límites claros.
Frente a ese escenario, muchas personas no están renegociando dónde trabajan, sino cuándo. Ajustan horarios, adelantan tareas, concentran el trabajo en momentos de mayor energía y se corren cuando el rendimiento cae. Aparecen así formas de “microshifting”: pequeños movimientos en la agenda que permiten ordenar el día sin cambiar el esquema general. No es una revolución, pero sí una respuesta concreta a jornadas cada vez más extensas.
Este comportamiento retoma una lógica que se consolidó a partir de 2020: armar el trabajo alrededor de la vida, y no al revés. Pero no todos acceden a esa flexibilidad de la misma manera. Los esquemas híbridos siguen concentrándose en roles más senior, lo que deja en evidencia que la autonomía todavía funciona, en muchos casos, como un beneficio que se gana con el tiempo.
Mientras tanto, los números se estabilizan. En distintos mercados, el trabajo híbrido dejó de crecer y el remoto se mantiene en porcentajes similares desde hace varios años. El “dónde” parece haber llegado a un punto de meseta.
Y ahí aparece otra pregunta, especialmente relevante al pensar los espacios de trabajo: si las personas solo van a la oficina cuando tiene sentido hacerlo, ¿qué les estamos ofreciendo para que quieran ir?
Porque hoy la oficina ya no compite solo con la casa. Compite con el tiempo de las personas. Si estar presente implica traslados, horas y atención, el espacio tiene que devolver valor. Foco, intercambio, colaboración real. Experiencias que justifiquen la decisión.
Cuando el “dónde” deja de ser el centro de la conversación, el “cuándo” pasa a ocupar ese lugar. Y en ese corrimiento se redefine el rol del espacio de trabajo: menos como obligación, más como elección. La pregunta, entonces, no es solo dónde trabajamos, sino qué hace que valga la pena estar ahí.
En Cushman & Wakefield acompañamos a las organizaciones en el rediseño de sus espacios de trabajo, entendiendo que hoy el valor no está solo en el lugar, sino en la experiencia que ese espacio ofrece y en el tiempo que ayuda a optimizar.