En un escenario donde las empresas revisan sus espacios y cómo los usan, ya no alcanza con ofrecer un buen edificio. Las organizaciones buscan lugares que acompañen la actividad diaria, faciliten el trabajo y aporten valor a las personas. Ahí aparece con fuerza el flight to experience.
Las especificaciones siguen importando, pero ya no alcanzan
Las especificaciones técnicas continúan siendo relevantes: ubicación, infraestructura y terminaciones siguen siendo la base de cualquier decisión inmobiliaria. Sin embargo, hoy dejaron de ser el diferencial. La calidad ya no se mide solo por esos atributos, sino por la experiencia que el edificio ofrece en el día a día.
Espacios comunes diseñados con intención, tecnologías que acompañan el trabajo híbrido, buena accesibilidad y un enfoque de servicio más cercano a la hospitalidad redefinen lo que hoy se entiende por un edificio “de calidad”. Ya no se trata únicamente de cómo se ve un espacio, sino de cómo funciona, cómo conecta y cómo se vive.
Cuando la experiencia se vuelve una ventaja competitiva
Uno de los aspectos más interesantes de esta evolución es que la experiencia no es exclusiva de los edificios clase A. Activos clase B están encontrando en la experiencia una forma concreta de diferenciarse: activando la comunidad, mejorando el servicio, incorporando programación y generando vínculos más cercanos con quienes los usan.
No siempre el edificio con mejores especificaciones es el que ofrece la mejor experiencia. Cada vez más, la calidez, la coherencia del servicio y la energía del lugar ganan peso en la toma de decisiones y empiezan a pesar cada vez más al momento de elegir un espacio de trabajo.
Una tendencia que atraviesa todos los mercados
Nuestros análisis muestran que los edificios que no acompañan las nuevas formas de trabajo —ya sea por falta de accesibilidad, de espacios relevantes o de una propuesta centrada en las personas— pierden atractivo más rápido. En cambio, aquellos que priorizan la experiencia ganan tracción, independientemente de su categoría.
Incluso en mercados donde la brecha de precios entre edificios de mayor y menor categoría sigue siendo significativa, la experiencia aparece como el factor que define la preferencia y sostiene la ocupación. En un contexto donde la incorporación de nueva oferta de alta calidad se desacelera, este diferencial se vuelve todavía más relevante.
Qué implica este cambio para propietarios e inversores
La experiencia no se construye solo con grandes inversiones. Muchas veces, la diferencia está en decisiones puntuales: una mejor atención, espacios comunes más flexibles, programación que fomente el encuentro o mejoras que impacten directamente en el día a día de quienes usan el edificio.
Para propietarios e inversores, el flight to experience abre un camino claro:
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invertir donde el impacto es tangible para los usuarios,
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repensar el uso del capital con foco en servicio y comunidad,
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construir valor más allá de lo estrictamente físico.
La experiencia como nuevo estándar
Hoy, el flight to experience marca un cambio claro en la forma de pensar las oficinas. La calidad no desapareció: se volvió más exigente y más amplia. La experiencia dejó de ser un atributo secundario para convertirse en un factor decisivo, tanto para inquilinos como para inversores.
En definitiva, la pregunta ya no es solo qué tan bueno es un edificio, sino qué experiencia propone. Y en ese nuevo escenario, la experiencia se consolida como el verdadero diferencial.
En Cushman & Wakefield ayudamos a propietarios, inversores y ocupantes a comprender cómo estos cambios impactan en el valor de los activos y en las decisiones inmobiliarias, acompañándolos a repensar sus espacios y estrategias para crear valor sostenible en un entorno en constante transformación.